La Terrorífica Familia que Chupaba Sapos y Comía Caracoles (Parte II)

familia buenavista

Un mes de verano da mucho de sí cuando te deja traumatizada para toda la vida. Por fortuna las benditas drogas de venta en farmacias bajo receta psiquiátrica hacen maravillas y hasta te puedes reír de las cosas pasadas. Aunque también existe la opción de cagarte en sus muertos que resulta mucho más terapéutica y te deja más a gusto y con tus chacras en orden. Aquí va la segunda parte de mi terrorífica crónica veraniega.

Cuando me enteré de que en ese pueblecillo del litoral mediterráneo se celebraba un festival de terror, la verdad es que no me sorprendió en absoluto. Tal vez me gusten las pelis de miedo porque las he vivido y poco me puede asustar ya.

cartel festival

Las Noches Siniestras.

De pequeña me preguntaba a mi misma: ¿por qué los fantasmas atacan de noche?, sigo sin encontrar respuesta, y eso que en estas vacaciones también viví mis primeras noches siniestras. Por lo general, lo típico era que yo tuviera pesadillas y acabara subida en la cama de mi abuela, encima de mi abuela, despertándola a gritos con algo así como “¡Nos atacan los robots asesinos!” o “¡Debajo de mi cama hay una señora sin cabeza que la hace rodar como una pelota!”, mis sueños más habituales y los despertares acojonantes de mi abuela, vamos, lo que es una noche normal y corriente. Pero en esta casa no era yo la que asustaba a mi abuela, sino la señora Chupasapos. Al principio me desconcertaba enormemente, porque yo no estaba asustada y ver asustada a mi abuela, y no por mi, me llenaba de congoja. ¿Quién me iba a defender entonces de los robots asesinos o de las cabezas que salían rodando de debajo de mi cama?

Y es que la mujer tenía la insana costumbre de pasearse todas las santas noches recorriendo la casa, llevando en los pies unos zuecos de suela de madera, la muy puñetera.

escalerasDormíamos las tres en la misma habitación, en la parte más vieja de la casa que era la zona del servicio. Yo pensaba que mi abuela era muy valiente, pero la verdad es que tenía miedo a la oscuridad. Siempre dejaba una lamparita encendida por las noches, recuerdo la que colocaba en su mesita de noche y que la llamaba “quinqué” y que era diferente a la que llamaba “candil”, muy chula y que se encendía prendiendo alcohol. O bien dejaba la luz del pasillo encendida y las puertas abiertas. Con la tontería me fui acostumbrando y al final yo también acabé teniendo pánico a la oscuridad.

La primera noche en la casa de los horrores, mi abuela dejó encendida una lamparita en la mesilla. Me metí en la única cama que había, acurrucada entre mi abuela y mi madre y abrazadita a Pepe, mi inseparable conejito de peluche que tiene los mismos años que yo. Estaba ya disfrutando del más plácido de los sueños cuando un ruido extraño me despertó. Eran unos golpes profundos y huecos que retumbaban en el silencio de la noche, como de madera golpeando madera. Mi abuela decía que alguien golpeaba algo con una maza, tal vez cabezas. Yo decía que tal vez fuera el tío del saco con una pata de palo. Mi madre resolvió el misterio, dijo cabreada que era la bruja de la señora Chupasapos tocando los cojones como todas las noches la muy puta.

quinqué

Yo pregunté que si los cojones eran como las castañuelas pero hacían más ruido, porque a mi me sonaba a pata de palo. Mi abuela dijo que esa no era manera de hablar teniendo a una niña delante, y que se cagaba en la hostia puta y en la bruja chupa nabos. Yo me quedé perpleja, sentada sobre la cama abrazada a Pepe, el cual no me sacaba de mi perplejidad. Primero, nadie me resolvió la duda de si los cojones eran un instrumento musical que se tocase como el tambor; sabía que eran cuadrados y que los caballos, sobre todo el de un tal Espartero servían de referencia, porque mi abuela al referirse al vago de mi tío Luis el pirado solía decir que los tenía así. En segundo lugar, al decir mi abuela que había una niña delante, teniendo en cuenta que yo me encontraba entre las dos, supuse que no era yo y me puse a buscarla. Era (y es) algo normal en mí ver gente que nadie más ve, y recuerdo que en aquella casa había más niños que los que se contaban como vivos, pero que yo supiera se escondían en los armarios y eran buenos. Los molestos eran los que todos veían, no aquellos pequeñines asustados que solo veía yo y al parecer mi abuela. Iba a corregir a mi abuela diciendola que lo que chupaba aquella señora no eran nabos, sino sapos, pero como había comenzado una conversación sobre la salud mental de la susodicha en voz baja con mi madre, decidí que era mejor escuchar para ver si me aclaraban algo.

Me aclararon poco, al parecer la señora bruja tenía una dieta muy variada, comía caracoles, chupaba sapos y nabos, y se bebía el agua de los floreros. Según contaba mi madre era muy amiga de un tal Juanito el Caminante, un señor Cardú y demás bebidas espirituosas. También parecía que la madre de la Chupasapos era conocida mundialmente por haberla parido y haberse quedado muy tranquila. Yo de pequeña era (y sigo siendo) muy inteligente, y sabía que a los niños los parían las madres, no los padres, ni las cigüeñas, ni los repollos, como querían hacerme creer, y suponía que todas las madres debían quedarse a gusto después de parir, no fuera a seguir creciendo el niño y se asomara como un alien por el ombligo, vamos, digo yo. Otro detalle importante era la supuesta profesión de madre e hija. Según mi tío el loco la bruja no trabajaba, pero mi madre dijo que era muy puta, al igual que su madre de ella. Yo sabía que las putas eran unas señoras que trabajaban en bragas en la calle (cosa que me dejó perpleja porque a mi no me dejaban salir en bragas de casa), por qué, no me preguntéis, porque cuando se lo pregunté a mi abuela con ocasión de ver un grupo de ellas de camino de la casa de mi abuela en Chueca al primer trabajo de mi madre en Preciados, no me quiso responder y me dijo que era de mala educación preguntar, señalar y hacer comentarios en voz alta sobre su forma de vestir.

La hostia no sabía qué era, porque yo nací atea y los curas no quisieron meterme en una bañera, así que por el momento no me habían dado hostias de ningún tipo. Después me he llevado unas cuantas de las de la mano abierta y las que me pegaba yo misma. Lo que si me quedó clarísimo era que la señora era una bruja, eso si que me cuadraba de todas todas. Sus paseos nocturnos, su cara de bruja, su manía de comer bichos, relacionarse con sapos (no sabía si los nabos tenían propiedades mágicas), beber botellas con espíritus y hacer ruidos golpeando maderas. ¿Tal vez intentaba volar con su escoba y no acaba de despegar?

ZUECOS

Mi madre por fin me aclaró parte de la historia a mi pregunta de si también tenía botellas con genios a parte de espíritus “No me líes a la niña que luego se imagina cosas raras”, dijo mi abuela para que mi mami me desliara la mente. La señora bruja Chupasapos se recorría todas las noches la casa de punta a punta calzada con unos zuecos de suela de madera. De día también los llevaba, pero no acojonaban tanto. Puedo asegurar que este calzado hace mucho ruido, es uno de mis favoritos y solía torturar a las vecinas de abajo dando saltos con ellos. Mi abuela dijo que tal vez fuera sonámbula. Eso sabía yo que era andar dormida, porque de vez en cuando me daba a mi por hacerlo, con el consiguiente susto a mi abuela. Mi madre dijo que no, que lo que era era una cabrona con pintas. Esa mujer era de lo más polifacética, tendría que mirarla más detenidamente a ver si le veía las pintas, y los cuernos de cabra. Iba a pedir mas detalles sobre la forma de las pintas, pero me mandaron a dormir, cosa harto difícil, porque la señora bruja borrachuza seguía con su zapateado zuequil, que se oía cada vez más cerca.

ring

En el silencio y quietud de la noche, los lentos golpeteos de madera resonaban más cercanos, ahora podíamos percibir como crujían los escalones también de madera, uno a uno bajo su peso, de las escaleras que conducían al ático, donde nos encontrábamos. Después resonaron los pasos por el largo pasillo que conducía hasta nuestra habitación, cercanos, cada vez más cercanos … hasta que se detuvieron tras nuestra puerta. Mi abuela y mi madre se taparon con las sábanas, ese potente escudo antibalas que nos protege de todos los males nocturnos. La casa se quedó en silencio, la tensión podía cortarse con un cuchillo, mi abuela dijo algo de que tal vez llevase uno la loca. El picaporte de la puerta empezó a moverse, mi madre y mi abuela se abrazaron. Yo asomé un ojo entre la teta izquierda de mi abuela y la derecha de mi madre, ambas de pechos abundantes (dos cada una). Vi el picaporte girar y volver a girar y escuché como la puerta crujía al ser empujada desde fuera por una fuerza maligna.TERROR[1]

Por suerte mi madre había cerrado con llave. Ya llevaba un tiempo en aquella casa y como luego nos contó no se fiaba ni de cristo. Yo era atea, pero sabía que era un señor con barba que los curas solían colgar, pero aun así, la puerta no se abrió y después de un rato el ser maligno dejó de insistir con el picaporte, pero no se escucharon los pasos de zuecos, que eran como para no oírlos. “¿Se habrá ido?”. “No, sigue ahí fuera, escuchando”. Mi madre y mi abuela me estaban acojonando, para qué negarlo, tenía a Pepe tan achuchado que casi parecía un parche de mi pijama. Después de un rato que me parecieron tres años y medio (con la edad el tiempo es relativamente relativo) los pasos de golpe de zueco volvieron a sonar alejándose por el pasillo. Mi madre y mi abuela volvieron a respirar. Yo también, entre ambas tetas de ambas estaba medio asfixiada. Mi abuela dijo que menos mal que la puerta estaba cerrada con llave, porque seguro que la loca llevaba un hacha (del cuchillo pasó al hacha, lo siguiente sería una sierra mecánica, mi abuela siempre fue un pelín paranoica), a lo que mi madre contestó que si no iba a dormir allí Rita la Cantaora. Me quedé perpleja de nuevo, no conocía yo a la tal Rita, tal vez fuera aquella de santa Rita, Rita, Rita, lo que se da no se quita (en este caso la llave de la puerta) pero no sabía si esa cantaba. No pregunté nada porque del susto me había quedado muda.

Al parecer aquella extraña familia rara tenía la mala costumbre de querer entrar en las habitaciones donde dormía la gente de bien sin ser invitados (pues si son vampiros, bien, no podrán entrar, pensé). El señor Chupasapos ya lo intentó varias veces cuando mi madre dormía sola para meter la mano no se donde, “Y algo más que la mano” añadió mi abuela. A mi pregunta de “¿el pie?” recibí la misma respuesta, que me durmiera que eso no era cosa de niños. También el señorito Chupasapos quiso entrar otra noche, éste para tocar la zambomba con las bragas que le robaba a mi madre. No pregunté por qué celebraba la navidad en agosto o si no prefería hacerse una pandereta que era más fácil de tocar, porque ya sabía que iban a mandarme a dormir, y a mi el sueño ya se me había pasado con tanto ruido y misterios varios, y además otra inquietud ocupaba mi mente, me estaba meando y el cuarto de baño estaba al otro extremo del tenebroso pasillo, junto a la escalera. No habíamos escuchado a la señora bruja bajar, por lo que seguía en el pasillo, oculta entre la oscuridad, tal vez con un hacha y un cuchillo o una zambomba.

zambomba

Iba a preguntar si me acompañaban las dos a hacer pis cuando vi que mi madre y mi abuela arrastraban una pesada cómoda y la colocaban contra la puerta diciendo “aquí no entra ni dios”. Yo había oído que aquel señor estaba por todas partes, así que me pareció algo innecesario, pero como era atea tampoco lo tenía muy claro, y la verdad, me importaba un pimiento. Mi prioridad en aquellos momentos era que me meaba viva y me estaban poniendo más complicado aun si cabe llegar al cuarto de baño. Por suerte mi abuela siempre llevaba su orinal, y por suerte también aquella noche no lo había usado todavía. Sentada en el trono estaba cuando los pasos de zuecos volvieron a escucharse por el pasillo, otra vez en dirección a nuestra puerta. Mi madre gritó “¡La luz, viene a la luz!”, con lo que mi perplejidad aumentó pensando si la señora bruja además podía convertirse en una polilla. También me quedé meando a oscuras, porque mi abuela, rápida como una gacela con artrosis de cadera apagó la lamparita. Fue en ese momento donde empecé a descubrir lo maligna que podía llegar a ser la oscuridad y por qué mi abuela le tenía tanto miedo. Tropecé con todo lo tropezable mientras buscaba el refugio de la camita, y la verdad es que no pegamos ojo esa noche. Mi abuela no podía dormir sin luz y mi madre debía lamentar también la lejanía del cuarto de baño, porque hablaba de cagarse en la puta madre de la familia de tarados de los cojones. Y yo me encontraba terriblemente perpleja ante tantos acontecimientos y molesta porque en mi huida había metido un pie en el orinal.

OrinalAl día siguiente mi madre comentó a mi abuela algo sobre que la bruja chupacosas había hecho un comentario sobre el gasto de luz, porque había visto el reflejo por debajo de la puerta de la lamparita que encendió mi abuela. Por suerte mis oídos infantiles no fueron capaces de procesar la cantidad de tacos y maldiciones que soltó mi abuela por esa boquita suya. Solo logré entender a mi madre diciendo “¡mamá, coño, no hables así delante de la niña que nos va a salir fina!”

Mi abuela seguía encendiendo la lamparita por las noches, para ovarios los suyos, aunque la tapaba con una toquilla de ganchillo, lo que daba un ambiente muy cuco, y la escondía en el suelo detrás de la cama, no sin antes montar un parapeto que ríete tú de las barricadas de Agustina de Aragón. Pero no dormía tranquila, murmuraba no se qué de la loca del hacha.

columpio

La muerta del jardín.

En la casa también conocí a una chica encantadora, una compañera de trabajo de mi madre. No recuerdo su nombre, solo se que lo que ella tenía de guapa lo tenía su nombre de feo; era muy alegre y cantaba y jugaba conmigo, me lo pasaba muy bien con mi nueva amiguita pero solía verla poco, porque la bruja Chupasapos y su tía la Requetebruja amojamada la tenían trabajando todo el día. Por aquella época las chachas no usaban fregona, mi madre y la chica guapa tenían que fregar todos los suelos de la casa de rodillas y a mano, y después de fregados pasaba corriendo el nieto Comecaracoles en bolas, el señor Chupasapos cinéfilo acechando alguna teta perdida y las brujas, una con zuecos y otra con mala leche. Y tocaba volver a fregar.

Un día estaban en la cocina cuando la señora Bruja entró y le arreó tal bofetada a la chica de nombre feo y cara bonita, sin saber yo el por qué, que le dejó marcada la mano en la mejilla. Se me debieron quedar los ojos como huevos de la sorpresa mientras miraba perpleja la marca roja de una mano huesuda en la cara bonita de mi amiga. La chica se fue llorando y mi abuela me agarró y me sacó en volandas no fuera a decir algo y me llevara yo la siguiente hostia. Cuando todo se calmó y mi abuela me dejó salir fui a buscar a la chica de la cara bonita y el nombre feo, pero ya no estaba. La tía Requetebruja dijo que se había ido, pero mi madre encontró su maleta con su ropa y sus documentos en la habitación de mi fugaz amiguita. Era lo que faltaba para que mi abuela paranoica empezara a sacar conclusiones. Decía que la loca de los zuecos mató a la pobre chica y la enterró en el jardín. Había una zona misteriosa en el jardín donde crecía más de lo normal la hierba y ciertos hierbajos que ella decía que sólo crecían donde había muertos (y mi abuela era gallega de bosque, sabía mucho de plantas y de muertos). Yo quise ir a excavar con mi palita verde de hacer castillos, pero mi abuela no me dejó. Por las noches atrancaba doblemente la puerta y guardaba un cuchillo jamonero debajo de la almohada. Las lecturas favoritas de mi abuela, cierto diario llamado El Caso, no hacían mucho bien a su natural desconfianza en la humanidad. Y mi madre no ayudaba mucho diciendo que esa no era la primera chica que desaparecía de la noche a la mañana en lo que iba de verano.

Mi abuela no se equivocaba del todo. En aquella casa vivía una asesina, que disfrutaba degollando ocas y despellejando liebres. Y ahogando niñas.

buriedEn el Fondo del Mar.
El día que me ahogué estaba buscando estrellas de mar. Cuando descubrí que en el mar también había estrellas, como en el cielo, me quedé tremendamente ilusionada. Las del cielo estaban lejos, pero las del mar podía encontrarlas. Me tropecé un día en la playa con una piedra dura en forma de estrella, se la llevé a mi abuela y me dijo que era una estrella de mar. También me dijo que la estrellita con la que yo estaba jugando no se había caído del cielo, que antes vivía en el mar pero ahora estaba muerta. De hecho, yo estaba jugando con el esqueleto. Me quedé perpleja pensando cómo sería viva, ahora que sabía que se trataba de un lindo animalito. Como a mi me gustaban mucho los animalitos quería encontrar una viva para adoptarla y que fuera mi amiguita.

Si quería encontrar estrellitas tendría que buscar cerca del agua, pero había un problema: mi abuela no me dejaba acercarme mucho al agua porque ninguna de las dos sabíamos nadar.

Estrella de mar espinosa roja. Echinaster sepositus

La narcolepsia que solía sufrir mi abuela cuando se sentaba a la sombra del sombrajo, unida a la falta de sueño nocturno me animó a pasear por la orilla cada vez más dentro del agua, buscando estrellitas. En ello estaba cuando una voz cascada dijo a mis espaldas “¿por qué no te vas a nadar un ratito?”. Era la vieja tía Requetebruja de la bruja Chupasapos. Yo respondí que no sabía y además mi abuela no me dejaba entrar en el agua. “¡Qué lástima, porque entonces nunca vas a ahogarte!”. Yo pensé perpleja durante una fracción de segundo … ¿lástima?, ¿ahogarse no es malo?.

Pues si, lo es. Lo siguiente que recuerdo es la mano de la vieja como una garra sujetándome la cabeza debajo del agua y clavándome las uñas en el cuello. Si perpleja había pasado la mayor parte del verano, ahora me encontraba perpleja y bajo el agua sin poder respirar. Lo primero que intenté hacer era gritar, pero me tragué medio litro de Mediterráneo y alguna que otra alga. Después intenté respirar porque no sabía que debajo del agua no se puede respirar, y de haber sido consciente sabría que acababa de descubrir la palabra ahogada. Cuánto daño hacen los cuentos infantiles, yo pensaba que como la Sirenita vivía debajo del mar el agua era respirable.

ahogada

Lo siguiente que recuerdo es que la garra en el cuello dejó de doler, no porque la vieja bruja me soltara, sino porque no sentía dolor. Me sorprendió que debajo del agua todo se veía verde, cuando visto desde arriba el mar era azul. ¡Verde, mi color favorito, qué bonito era todo!. No es que fuera gilipollas, el termino correcto es hipoxia, como no me llegaba suficiente oxígeno al cerebro estaba flipando, en verde. También descubrí que el agua no es como la que puedes ver dentro de un vaso, era más densa, con cosas que flotaban, burbujitas, sal, algas, tal vez algún pez. Se hizo la calma, todo era tranquilo, muy lento,  de repente no tenía miedo y hasta era una sensación agradable lo de no sentir nada de nada. Escuchaba las voces muy lejanas. Si os preguntáis qué sentido es el último que se pierde antes de palmar, puedo asegurar que es el oído. Porque ya no veía nada bajo el mar, pero podía escuchar la risa burlona de la puñetera vieja Requetebruja, los gritos de mi abuela muy muy lejanos pidiendo ayuda, voces. Y después el vacío.

Despacho submarino

Lo siguiente que recuerdo era el sol en la cara, ese sol que tiene la manía de brillar más en Levante. Estaba tendida sobre la arena caliente que mira por donde ahora la agradecía, porque empezaba a tener mucho frío. Primero lo vi todo blanco, luego vi a un chico que me decía cosas para tranquilizarme y me apretaba el estómago. Iba a decirle que yo tranquila estaba pero no podía hablar, y menos después de empezar a vomitar agua como una posesa. El chico me soplaba en la nariz, me dio la tos y el recuerdo que se me quedará clavado para toda la vida es el dolor del aire al entrar en los pulmones, quemaba y escocía como cuando te desollas la rodilla y te echas un chorro de alcohol (manía de desinfección que tenía mi abuela), entonces vi a mi abuela y pensé que se iba a enfadar porque me había dicho que no me acercara al agua, pero no se enfadó conmigo.

No recuerdo nada más hasta el viaje de regreso a casa, porque no tardé mucho en volver a desmayarme y no se cuántos días estuve en el hospital. Solo recuerdo que mi abuela les recomendó el uso de supositorios a la familia Chupasapos al completo, que se metieran su dinero también por el culo, al sapo, a su puta madre (tal vez eran marcas de supositorios medicinales) y al papa de Roma (no sabía que tuviesen un padre en Roma, como nací atea…) aunque la gilipollez y la mala baba no tiene cura. Mi abuela era muy buena, sabía que de tarados no iban a salir, pero les daba consejos medicinales. Mi madre sin embargo sabía que la honestidad no da de comer, y se quedó trabajando con la puñetera familia.

nancy enfermera

Igual que a la ida no me marearon las curvas de la carretera, a la vuelta vomité todo lo que me quedaba de mar. Y fue una suerte que la hija enfermera de la Chupasapos volviera a Madrid a trabajar y nos llevara en el coche, porque mi tío el loco desapareció por un tiempo largo, y yo iba tan malita que me habría volado por la ventanilla.

Desde aquel día, cuando una fugaz gota de agua me caía en la cara, me quedaba sin respiración y entraba en shock nervioso, por lo que lavarme la cabeza con mi cabezón era toda una aventura. De nadar ni hablamos, ni sé ni me importa. El agua para los peces.

pececito

Por cierto, menos mal que bajo el agua no me encontré a ningún pescadito, tal vez lo habría adoptado para que fuese mi amiguito.

Angelika BC.

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4 Respuestas a “La Terrorífica Familia que Chupaba Sapos y Comía Caracoles (Parte II)

    • Bueno, Jaimita de mi corazón, por suerte para mí esas vacaciones duraron menos de un mes, si no no sé qué más me podría haber pasado (una abducción extraterrestre habría sido hasta bienvenida). Pero mi madre aguantó dos años más trabajando con esa terrible familia. Como se me va la pinza mucho ya contaré más cositas. 😀

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