La Terrorífica Familia que Chupaba Sapos y Comía Caracoles. (Parte I)

arena abc firmada

Crónica de Terror en Sitges sin necesidad de ir a ningún festival.

La primera vez que vi el mar, también me lo bebí. Tendría yo unos 4 añitos y era una tierna niña de trenzas oxidadas que jugaba con ositos de peluche y vivía con su abuelita gallega, que era medio meiga por un lado y meiga del todo por el otro. Iba a pasar unas hermosas vacaciones con mi mamá en la playa, así que estaba feliz.

Mi madre trabajaba en casa de una familia de señores muy ricos que pasaban los veranos en su casa de la playa. Nos llevó desde Madrid hasta un pueblecito llamado Sitges mi tío el pirado en su coche tuneado, un coche que hoy en día no pasaría la ITV ni podría transportar niños, yo iba sentada encima de mi abuela en el asiento del copiloto, casi todo el camino con la cabeza fuera de la ventanilla (cuando mi abuela se dormía), aunque ventanilla, lo que se dice ventanilla, no había, de hecho no había ni puerta y menos aun cinturón de seguridad. Si no véase la foto. La cabezona pelirroja con bisutería de plástico soy yo.

La tartana

La foto es anterior al viaje, de ahí mi hermosa sonrisa. Mi tío el loco hablaba muy mal de la familia para la que trabajaba mi madre (él decía “los que la esclavizaban”, pero teniendo en cuenta que mamá tuvo que aceptar un trabajo de chacha que le supuso una depresión de las gordas para poder mantenernos a mi abuela y a mí, porque sus dos hermanos pasaban de nosotras como de comer mierda, sus palabras no sonaban muy acertadas en los oídos de mi abuela, que murmuraba algo así como “seis horas de parto para cagarla”) decía que habían ganado mucho dinero chupándole el culo a Paco el Sapo, por lo que yo pensaba que hacían magia, no entendía como se puede ganar dinero lamiendo a un batracio, aunque tenga nombre propio. Tal vez fuera un amigo de la familia convertido en sapo, como en los cuentos, que el lugar de darle un beso y convertirse en príncipe, le chupabas el culo y te hacía rico. Mi abuela le miraba de reojo mientras yo preguntaba entusiasmada si también valían las ranas y mi tío me vacilaba diciendo que sólo las que parasitaron en el Pardo, yo me quedaba con más dudas que antes y mi abuela gruñía “No le cuentes cuentos a la niña que luego me toca aguantarla a mi”. Perpleja estuve durante buena parte del camino pensando en aquel sapo mágico.

Sapo

Bajo todo pronóstico de la DGT llegamos sanos y salvos más o menos a la enorme casa donde pasaban los veranos la familia Chupasapos. Lo extraño fue que no me volara por una ventanilla del coche, teniendo en cuenta el tramo de curvas infernales que tuvimos que atravesar (y de las que fui consciente mucho después, por eso las curvas no me traumatizan). Fue bajarnos del coche y sacar las maletas y mi tío Luis el zumbao desaparecer como por arte de magia, con un ahí os quedáis. Mientras mi abuela decía no se qué de una despedida a la francesa, cosa que yo no entendí por que mi tío no dijo nada de au revoire. Corrí a abrazar a mi madre, pero me quedé a mitad de camino. Me costó reconocer a mi madre joven, guapa y siempre riendo y cantando en aquella mujer con uniforme de doncella seria y gruñona.

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La familia era bastante curiosa y con algo de tenebroso. Yo por aquel entonces pensaba que los matrimonios llevaban el mismo apellido (cosas de haber vivido en Alemania), primero pensé que eran modernos, como mis padres, que no estaban casados. La palabra real no la conocía, se dice hipócrita y lo supe después. El señor Chupasapos, al que se referían simplemente como “el Señor”,sin más, así a secas y con mayúscula, tenía nombre de alienígena y apellido de una cosa que echa agua (aquí me censuro para no herir sensibilidades), en su época fue productor de cine, hizo películas famosas de las que no se censuraban porque le gustaban a su amigo Paco y recibía muchos regalos muy caros de gente que no eran amigos suyos pero querían algo a cambio. Esto me lo dijo mi abuela y yo pensé que era una adivinanza.

Su mujer que no era su mujer presumía de apellido propio pero lo compartía con un municipio de la comarca del Alto Ampurdán, que también es una flor pero dicho en catalán. Mi abuela decía que era una loca asesina, y lo cierto es que cuando te miraba parecía que te quería sacar las vísceras por la nariz. Era muy aficionada a beberse los licores espirituosos carísimos que regalaban a su marido que no era su marido y a pasear de noche con unos zuecos de madera que hacían mucho ruido y creaban congoja en mi abuela y mala leche en mi madre. Se la llamaba “la Señora” así a secas y con mayúsculas.32_la_familia_v2

Esta tipa tenía dos hijos, y dos nietos, suyos, creo que no del cinéfilo. El hijo era un tipo muy raro que siempre estaba escondido, detrás de una cortina, detrás de una puerta, detrás de alguien …tenía una cara entre un yonki y Jack el Destripador, como si viera unicornios rosas flotando por el aire y quisiera hacerlos carne picada, y era famoso por robar bragas usadas. Se le conocía como “el Señorito” así a secas y con mayúsculas. La hija era más seca que un palo pero parecía la única normal de la familia, tenía nombre de precipitación blanca que cae en invierno y es muy fría, pero se la conocía como “la Señorita” así sin más. Para compensar el hecho de ser casi normal, sus dos hijos, los nietos de la Chupasapos, eran para echarlos a comer a parte; un niño más mayor que yo, con cara de bruto, famoso por comerse los caracoles crudos, vivos y con cáscara, beber su propio pis y el de quien pillase y correr en bolas por la casa gritando como si le quemaran las pelotas. La niña, más pequeña que yo, famosa por quitarse los pañales y embadurnarse con lo que en ellos hubiera si su hermano no se lo comía antes, y por llevar siempre de adorno unos mocos como lámparas de araña que le llegaban hasta los pies. No hablaba y siempre iba en un cochecito. Eran conocidos como “los Niños” así a secas. A mi me daban bastante grima.

Me parecía muy curioso que una familia que tenía un amigo sapo con nombre propio, no tuvieran nombres. Por si no fueran suficientes, en la casa también vivía una señora vieja y arrugada como una pasa que me recordaba a las brujas de los cuentos, no solo por su aspecto, sino por todo. Creo que era tía de la loca de los zuecos, a esta si la llaman por su nombre, pero por fortuna no lo recuerdo, la llamaremos la Bruja Amojamada. Del sapo, ni rastro.

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Recuerdos, lo que se dicen recuerdos, tengo más bien pocos de la ciudad. Son de esos sitios que hubiera olvidado perfectamente de no ser por los traumas que me crearon. Buscando imágenes no tengo ni puñetera idea de cómo sería el Sitges que yo conocí, solo recuerdo lo que sentí allí. Los sentimientos se graban a fuego en la memoria. Y cuestan muchas horas terapia y medicación luego borrarlos. Se que monté en un tranvía muy divertido, que había palmeras y yo preguntaba a mi abuela si daban cocos, porque me encantan los cocos, pero lo que más me marcó fue la casa en la que pasé las vacaciones con su familia incluida, y aparte de esta fauna humana, la fauna autóctona. Y la playa. Y no digamos el mar. Pero vayamos por partes, como en una buena autopsia, que poquito faltó para que hubiera que hacer unas cuantas de verdad.

Los caracoles.

Caracol de Sylt

Yo pasaba la mayor parte del día en la cocina y en la parte trasera del jardín, que daba a un campo muy amplio, porque no podía pasar de las zonas permitidas al servicio doméstico. No me dejaban hacer ruido, y la nueva faceta seria y antipática de mi madre que acaba de descubrir no me gustaba ni un pelo, y no quería despertar al monstruo.

Recuerdo que en ese jardín trasero había muchos caracoles, y a mi me encantaban todos los animalitos. Ese verano descubrí a los caracoles y me gustaron mucho. Llevaban su casita, eran viscosos y tenían unas antenas muy graciosas, cuando las tocaba se escondían. Mi abuela me dijo que en lo alto de las antenas tenían los ojos, me sorprendió mucho y me pasé un buen rato meditando este dato, desde que descubrí a los caracoles les había estado metiendo el dedo en el ojo a todas horas. Me hice amiga de estos adorables animalitos, que fueron mis mejores amigos ese verano; jugaba con ellos, les daba hojas de lechuga, les ponía nombre, les hablaba, probablemente me contestaran, y por las noches cuando mi abuela me metía en el baño me quitaba caracoles de las trenzas y la ropa y los metía en una caja de zapatos con hojas de lechuga para al día siguiente dejarlos en el jardín y volver a empezar.

casita de caracol

Una tarde me encontré varias bolsas grandes llenas de caracoles en la mesa de la cocina. Llena de ilusión empecé a sacarlos, a ponerles nombre y a jugar con ellos, hasta que el grito de mi madre me pegó un susto de muerte que de haber tenido 80 años más me hubiera provocado tres infartos simultáneos. Me dijo muy cabreada que dejase de jugar con la cena. Así descubrí que mis adorables amigos iban a ser desahuciados, destripados y cocinados para después ser comidos por los chupasapos. Mi madre estaba de mal humor por tener que cocer caracoles y preparar la cena, aunque decía que peor que cocerlos vivos era despellejar las liebres que cazaba el Chupasapos. Yo, ante tanta masacre animal sin justificación, entré en shock ensimismado, que era un yuyu que me daba cuando algo me impresionaba mucho. Mi abuela me rescató de la cocina donde me encontró acurrucada en un rincón enroscada y abrazada a mi misma, con los ojos muy abiertos, la boca muy cerrada y la mirada perdida en el infinito. Me metió en la cama no sin antes decirle a mi madre “Ya me has asustado a la niña otra vez, con lo sensible que es, carallo”

Cuando me repuse del shock le pregunté a mi abuela cómo la gente podía comer caracoles, con lo adorables que son y la cáscara tan dura que tienen. Ella me explicó que se comen sin cáscara, como las pipas, y añadió un “pues bien buenos que están picantitos” que me dejó perpleja. Más perpleja me dejó ver al nieto de la Chupasapos meterse un caracol entero y vivo en la boca y masticarlo, para después abrir las fauces hasta la epiglotis y enseñarme el contenido, una masa viscosa con trozos de concha machacados. Primero me dió pena, luego asco y después le arreé un bofetón que del soplamocos le vacié las fosas nasales. Mi madre me dijo muy enfada que a los hijos de los Señores, así a secas y con mayúsculas, no se les puede pegar, así que me prohibía que jugara con ellos. Creo que esa fue la primera alegría que me llevé ese verano, porque los niños me daban bastante repelús.

Las arañas.

tarántula lobo

En el patio trasero también tejían sus telas las arañas. A mi me gustaban un montón todos los animalitos y jugaba con ellos porque eran mis amigos. Siempre me sorprendieron las arañas por ser capaces de tejer unas telas tan bonitas y pegajosas, que mi abuela las pasaba canutas para despegarme de las trenzas cuando por las noches me metía en el baño. Cuando la pregunté si usaban ganchillo como ella (mi abuela) para tejer, y ésta me respondió que el hilo les salía del culo, me quedé perpleja y meditando durante horas esa capacidad extraordinaria. Las arañas que había por allí eran muy bonitas, grandes y gordas como obispos y de un bonito color negro con dibujos amarillos. Tal vez fueran arañas tigre aunque yo las recuerde más peludas y rechonchas. Para no meter la pata con mis nuevas amigas, le pregunté a mi abuela dónde tenían los ojos. Cuando me dijo que tenían muchos, hasta 100, me quedé perpleja e intenté contarlos. La araña no estaba por la labor, porque me pegó un picotazo y me correteó por las trenzas colándose por la espalda de mi camiseta. Mi abuela corrió en mi ayuda y tardó un rato en socorrerme porque yo no dejaba de correr gritando por el jardín trasero. Mi madre se asomó desde la cocina gritando que me callara que iba a despertar a los “Señores” de la siesta, mi abuela decía que mejor, que así la bruja no se daría los paseítos nocturnos a golpe de zueco que no la dejaban pegar ojo y a mi nadie me quitaba la araña de encima. Ese fue el comienzo de mi aracnofobia que me duró más de 20 años.

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Las avispas.

ese verano también aprendí que la combinación de colores amarillo y negro, aunque fuera muy bonita, hacía pupa y era peligrosa. Las picaduras de la araña en la espalda me picaban un montón, yo me rascaba como un oso contra todo lo que pillaba mientras meditaba si la palabra picadura etimológicamente derivaba del verbo picar porque el bicho en cuestión te pica, o bien porque una vez picada la picadura te pica un huevo. De tanto rascarme me quitaba las costras, luego me hizo gracia lo de quitarme las costras y ya me las quitaba por gusto, tal vez mi trastorno de auto-mutilación tuvo ese verano sus orígenes, al igual que todas mis fobias y trastornos mentales. El caso es que me estaban saliendo unas úlceras muy feas en la espalda, pero por suerte, la hija borde de la Chupasapos era enfermera, y le dio a mi abuela una pomada muy buena para curarme las pupas. Y para alejarme de las arañas propuso que en lugar de jugar en el patio trasero jugase en el jardín de la casa con sus monstruos. A mi me daba pánico salir al patio trasero, porque si veía un caracol me ponía a llorar y si veía una araña me ponía a gritar, así que me pasaba el día encerrada en la cocina o en las habitaciones del servicio. Tomar el aire me apetecía un poco, pero los monstruitos de niños me daban bastante asquito y jugar con ellos no me hacía ninguna gracia.avispa

El jardín era muy bonito, con todo el suelo cubierto de hierba, una piscina hinchable donde chapoteaba junto con sus mocos la nieta de la Chupasapos y un bonito sillón columpio que me encantaba. Ante mi negativa de mear en un vaso porque tenía sed el nieto de la Chupasapos, me propuso jugar al tú la llevas para poder corretear en bolas por el jardín, él. Ante mi negativa de corretear en bolas yo también, porque siempre le he tenido mucho aprecio a mis bragas, como odiaba las sandalias que me había regalado su madre accedí a jugar al tú la llevas descalza. Fue una divertida tarde correteando por el jardín pese a la espantosa visión de los niños y del hijo de la Chupasapos escondido detrás de los setos mirando con ojos de besugo, tan abiertos que yo esperaba que algún momento saliera alguno rodando. La hierba de color verde, mi favorito, y tan fresquita, me refescaba las plantas de los pies, hasta que noté en el dedo gordo del pie derecho un dolor como si hubiera pisado un clavo de los gordos. Empecé a saltar a la pata coja buscando el puto clavo y lo que vi fue una avispa cabreada.

Por suerte, mi abuela estaba cerca y la madre del niño que ahora saltaba a la pata coja en pelota picada, porque pensaba que había cambiado yo la modalidad del juego al pilla pilla a la pata coja, era enfermera, porque en cuestión de segundos el mundo empezó a desvanecerse. Así se descubrió que soy alérgica a las picaduras de avispa. El dedo del pie se me puso como una berenjena y tampoco volví a jugar en el jardín, me pasé un par de días en la camita.

Las cangrejeras rojas.

postalita playera

Pero antes de mi reclusión forzosa por el inexplicable ataque de la fauna autóctona, fui con mi abuela a la playa. Recuerdo la primera vez que vi el mar. Estaba ilusionada y no me estaba quieta, corriendo alrededor de mi abuela entusiasmada, dando saltitos y palmadas, como solía hacer cuando me ilusionaba. Bueno, ahora también lo hago a veces, pero ya no alrededor de mi abuela, sino del incauto o incauta que tenga cerca. La última vez que recuerdo que hice algo así fue cuando pude pasar por primera vez debajo de la Puerta de Brandenburgo, ya restaurada y sin muro, en Berlín.

Iba de mano en mano de mi abuela, dando saltitos a su alrededor y cantando cosas como “¡Voy a ver el mar, voy a ver el mar!”, lo que unido a que su artrosis no la hacía muy rápida, tardamos un buen rato en llegar. Cerca de la playa nos encontramos con la hija de la Chupasapos, que llevaba a sus dos monstruos. La chica con nombre de precipitación navideña blanca preguntó a mi abuela si tenía yo cangrejeras, porque iba a comprar unas para su monstruo, que estaba por allí comiéndose un helado que me enseñó casi deglutido abriendo mucho la boca. Desde entonces odio los helados de fresa. Como yo no tenía cangrejeras ni sabía lo que eran, pero suponía que era algo para los cangrejos, me compró unas. Así descubrí que eran unas sandalias de plástico transparente que me parecieron muy poco prácticas, pero lo peor, yo las quería de color verde, que es mi color favorito. De color verde eran mi cubito, mi rastrillo, mi pala y mis moldes para hacer flanes de arena, que mi abuela tuvo que recorrer varias tiendas para encontrarlos verdes. Las cangrejeras, era rojas. No había otras de mi talla de otro color, y yo odiaba el color rojo porque al ser pelirroja cuando me vestían de rojo me decían que si desteñía. Como mi abuela conocía mis manías y vio la cara que puse al ver las cangrejeras, con los ojos muy abiertos y la boca muy cerrada, me tapó la boca aunque la tuviera muy cerrada para que no protestase, las puñeteras sandalias eran un regalo de la seca de la hija de la Chupasapos.cangrejeras

Como íbamos a otro ritmo, más despacio, la chica que no sonreía y sus monstruos se adelantaron, y durante todo el camino estuve dando la lata a mi abuela porque no me gustaba el color de las cangrejeras y decía que no me las iba a poner, además, el diseño me parecía horroroso. Curiosamente, muchos años atrás empezaron a gustarme pero ya no se fabricaban y no las encontraba por ningún sitio. Y ahora que están de moda, no me gusta llevar cosas que estén de moda. “Te las pondrás, te las pondrás”, decía mi abuela con su voz profética. No era una amenaza, era conocimiento ancestral.

Cuando vi el mar me olvidé de las puñeteras sandalias, era de un azul demasiado azul, más azul de lo que yo me imaginaba, y con un sol demasiado brillante y luminoso, que me dejó cegata perdida por un tiempo. Mi abuela decía que para mares los de Galicia, que eso era un charco, y cuando se quiso dar cuenta yo ya estaba corriendo por la arena en dirección al agua. No tuvo que correr detrás de mí afortunadamente porque poco podía correr la pobre mujer cuando casi ni podía andar, fue poner yo un pie en la arena y empezar a dar saltos de un pie a otro de lo que quemaba. Cosa que me sorprendió también, yo no sabía que la arena quemaba. Siempre he tenido una piel muy delicadita, y la de las plantas de los pies mucho más, mi abuela, como lo sabía, me dio las cangrejeras rojas diciendo “si sabía yo que te las ibas a poner”. Como a cabezota no hay quien me gane (véase la foto del principio) dije que la arena no quemaba, que va, en absoluto, y aguantando las plantas de los pies achicharradas seguí andando tan digna, o intentando andar, sin pisar mucho, torciendo los pies, a la pata coja …

Quería ver el agua de cerca, ilusa, sin sospechar que más de cerca no la iba a ver en mi vida ese verano. Cerca del agua la arena quemaba menos, o eso me parecía, así que pensé que cerca del agua me refrescaría los pies. Mi abuela solo me dejó meter los pies en el agua, para ella bañarse en el mar era mojarse los pies hasta los tobillos, cuando iba a la playa, de joven, me contaba que llevaba un bonito bañador de pololos largos y faldita, mucho más elegante que el mini bikini que usaba mi madre, luego me arrastró de la mano hasta una sombrilla bajo la que se escondió por completo cual vampiro, porque tomar mucho sol no es bueno, decía, y porque mi abuela era más blanca que yo, si cabe. Yo ya me había salido con la mía así que ni rechisté cuando mi abuela sacó de una bolsa enorme un tarro enorme de un bonito color azul que contenía una crema fresquita de un bonito color blanco, y me embadurnó de Nivea desde la cabeza a los pies, dejándome más blanca de lo que yo soy por naturaleza, cosa que agradecí en lo más profundo de mi ser, porque en esa playa infernal no solo quemaba la arena, quemaba hasta el aire. Me ardían hasta las pestañas. Y me puse las puñeteras cangrejeras, porque el agua que yo creía que me iba a refrescar era de lo más parecido a un caldo, no solo avivó la quemazón, sino que ablandó la piel y los puñeteros granitos de la jodida arena se me estaban clavando como alfileres, hirviendo.

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No resultó tal ideal como yo pensaba el día en la playa, cuando me senté a jugar con el cubito y la pala me quedé como una croqueta, la jodida arena se pegó a la capa espesa de la crema y allí se quedó, cuando me bañé por la noche aun tenía arena hasta en la raja del culo, no llegué a entender por qué motivo había duchas en la playa y todavía sigo sin entenderlo. También tenía lleno de arena el pelo, y eso que mi abuela se empeñó en incrustarme un horrible gorrito, contra mi voluntad, de esos con un volantito al rededor y una cinta para atarlos a traición debajo de las mandíbulas, mientras decía, “no te quejes, el gorro es verde”. Con las sandalias me dio tregua, pero con el gorro no, que el sol te de en la cabeza para mi abuela era más terrible que que te pegaran un ladrillazo, y era o gorro o ladrillazo. Yo hubiera preferido ladrillazo, pero en el bolso de mi abuela no había ladrillos, solo gorros. Y con mi cabezón, encontrar gorros de mi talla era difícil.

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En algo no me equivoqué, nada más ver las cangrejeras, ya supe que iban a ser incómodas, al margen del color y lo feas que me parecían, y tenía razón. Con el plástico me sudaba el pie y se deslizaba para todos los lados, me decían que la culpa no era del zapato, sino de mi pie, demasiado larguirucho y esquelético (descripción que hizo la Chupasapos cuando mi abuela murmuró, “tal vez no sean de su talla”, al verme tropezar cada dos por tres conmigo misma y andar como un pato cocido a cubatas), el dedo pequeño tendía a salirse entre las tiras de plástico y quedarse enganchado, y para colmo, como ya me había quemado las plantas de los pies, el plástico duro, el desliz y los granos de arena pegados a la crema me estaban jodiendo viva. El regreso a la casa fue más lento, yo ya no iba dando saltitos de alegría sino cabreada como una mona, pero andar con las puñeteras cangrejeras me costaba un imperio. Hasta el nombre me parecía una burla, porque al ducharme para quitarme toda la arena mi abuela comprobó que me había dado tarde la crema, ya me había quemado con el primer golpe de sol y mi piel blancucha (descripción de la Chupasapos mientras su hija, que por fortuna mía era enfermera, le daba a mi abuela una pomada calma-quemaduras para que me pusiera) era de un rojo acangrejado que de no ser por el cariño, le hubiera mordido un ojo a mi madre cuando al verme llegar a la casa dijo, “mira, ahora hace juego toda ella”. Pelo rojo, piel roja, y las putas cangrejeras.

Ese día solo me pude mojar los pies en el agua marina, pero me pasé el día en remojo. Aunque no sabía yo, ilusa, que de agua marina ya me iba a hartar otro día. Tardamos unos días en bajar a la playa; mi madre trabaja en la casa, yo estaba chamuscada, llena de picaduras, con el dedo gordo como una berenjena y malita, y mi abuela era gallega de bosque lluvioso, el agua y el sol del mar, para un rato vale, pero sin abusar. Y qué razón tenía.

Pero como esta historia está quedando un poco larga y aun no he llegado a los relatos escalofriantes de esas terroríficas vacaciones, aquí lo dejo. Nos vemos en la segunda parte.

se me va la pinza

Solo las postales son imágenes de lugar. Tanto mi firma en la arena como el bonito caracol las hice en la isla de Sylt. La palmera es de la playa de Cullera. Y la del coche de mi tío de mi más tierna infancia.

Angélika BC

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