En Casa de la Muerta

Trozo de muerto

Tendría yo unos seis años la primera vez que vi un muerto. O parte de un muerto. La verdad es que me hacía mucha ilusión, porque llevaba un par de años obsesionada con la Muerte, y por mucho que preguntaba nadie me quería decir cómo eran los muertos. Todo empezó cuando me puse muy malita y un médico sin mucho tacto dijo a mi madre, delante mío, que iba a morirme. Pero contra todo pronóstico me curé. El médico a parte de no tener tacto tampoco tenía mucha idea.

El caso es que un día de caluroso verano en pleno agosto, llamó la policía a casa de mi abuela preguntando por mi madre. Hacía tiempo que los vecinos de una de sus tías, la hermana mayor de mi abuelo a la que yo conocía como “La Tía de Piamonte” porque en esa calle vivía, no entraba ni salía de su casa, y lo que sí salía era un sospechoso olorcillo del interior de la vivienda. Mi abuela murmuró que estaría más tiesa que la pata de un tal Perico, al que yo no conocía, por lo que me vino a la mente la imagen de un periquito con la pata tiesa; y me dio mucha pena porque me gustan mucho los pajaritos, y por asociación de ideas, me acorde de Plácido, el canario de aquella tía presuntamente tiesa. Mi abuela me vio preocupada, estaba mordiendo la oreja de Pepe, mi conejito de peluche y mi único y mejor amigo, cosa que hacía cuando me preocupaba, por lo que me dijo que estuviera tranquila, que más se perdió en Cuba. Mi abuela sospecho que no sentía ninguna simpatía por su cuñada, más bien todo lo contrario. Muchas veces murmuraba algo de que era más puta que las gallinas, frase que yo asociaba con una gallina en pepitoria. No se por qué, porque yo nunca vi una gallina en pepitoria.

Dije a mi abuela que lo que me preocupaba era el canario, si la tía estaba tiesa, ¿quién le daba de comer?. Mi abuela me miró con una de sus miradas que solían expresar dos cosas, un sentimiento de orgullo y algo de miedito, algo así como “cómo se nota que es mi nieta, coño, la pequeña psicópata”.

conejito

Cuando mi madre, que figuraba como pariente más cercano y además tenía las llaves,  fue a casa de su tía yo me empeñé en acompañarla. ¡Por fin iba a ver a un muerto!. Mi abuela dijo “si está tiesa no dejes que la vea la niña, que luego me toca aguantarla a mí”, a lo que mi madre respondió “ay mamá siempre te pones en lo peor”, por lo general siempre tenían una conversación similar.

Lo de que mi madre era el pariente más cercano era cierto, porque vivíamos a pocas calles. La casa era una antigua corrala, de las típicas de Madrid, como la de mi abuela pero con el patio cuadrado completo. La de mi abuela era “semicorrala” porque una bomba se llevó la mitad del edificio junto con medio salón de mi abuela. En el solar construyeron otra casa y mi abuela se quedó sin vistas y con medio salón. Pero la casa de mi abuela era mejor, tenía cuarto de baño. La casa de la Tía de Piamonte tenía un baño exterior compartido por todos los vecinos.

Mi abuela me contaba que en tiempos de guerra, cuando todos pasaban mucha hambre, la tía hacía estofado de caballo como para un regimiento y lo que sobraba lo tiraba por el váter común, mientras decía en voz alta por el camino “¡Estoy hartita de tanto comer, ya no me entra más!” Tampoco compartía la comida con su familia, que vivía a pocas calles y con medio salón.

El segundo consejo que mi abuela dio a mi madre fue “agarra todo lo que puedas y que en la casa no entre ni dios”. Durante la guerra la Tía de Piamonte se dedicó, me decía mi abuela, al estraperlo. Yo pensaba que hacía collares de perlas, pero no, ya me explicaron que lo que hacía era entrar en casas con objetos valiosos, museos, iglesias, etc, llevarse todo lo que valía, si había perlas pues también, claro, y luego venderlo en el mercado negro. Aquí yo me imaginaba un mercado todo pintadito de negro, monísimo. También trapicheaba con comida y todo lo que podía, y se lo quedaba para ella. Por eso su casa era la cueva de Alí Babá, estaba llena de porcelanas, cuadros, oros y supongo que perlas. Cosas que nunca compartió con nadie de su familia.

Llegamos y en la puerta esperaban a mi madre un vecino más nervioso que un flan y dos policías. Un extraño olor similar a cuando Pichi, el gato de mi abuela, se cagaba en la maceta de la vecina, salía de la casa. Pichi era un gato muy limpio, usaba el váter como todos los de la familia, aunque no tiraba de la cadena, pero odiaba a la vecina, la Tembleques, como la llamaba yo.

yuno gasai

Aquí es necesario hacer un inciso, no recuerdo el nombre real de la Tembleques, pero la llamaba así por un temblor generalizado que la meneaba todo el cuerpo, producto de un susto, decía mi abuela, que se llevó de joven cuando otra vecina (que yo no llegué a conocer pero me contaron que fue monja y se escapó del convento con su novia y desde entonces vivían allí las dos) la persiguió por toda la casa con un hacha y casi la mata. La Loca del Hacha, como la llamaban, por cierto, estaba coladita por mi madre. Mi abuela tendría medio salón, pero sus vecinos no tenían precio.

Vamos que la casa olía a muerto que tiraba para atrás. Mi madre entró con la policía y yo iba a seguirles toda feliz, cuando uno de los agentes me dice con la voz de tonto que se pone para hablar con los niños y enseñándome toda la piñata “No, bonita, las niñas pequeñitas no pueden entrar”. No le pegué una patada en toda la boca por que no llegaba y porque me cerró la puerta en las narices al ver a la encantadora niñita, con sus trencitas, su vestidito de encaje blanco (con bragas a juego), que abrazaba a un conejo de peluche, mirarle con cara de sacarle un ojo y diciendo a voz en grito que quería ver a la tiesa.

El vecino tembloroso dijo que ya se quedaba conmigo y se empeñó en llevarme a su casa. Después de una patada en la espinilla cambió de idea y se fue solo, mientras yo me subía a una maceta y me colgaba de las rejas de la ventana que daba a casa de la tía difunta. La casa era muy pequeña, y desde la ventana se veía la puerta del dormitorio y los pies de la cama. Y a los pies de la cama, unos pies de color verde y amojamados llenos de moscas.

la muerta del lago

No pude seguir admirando los pies verdes porque mi madre salió enseguida, me cogió en volandas y me bajó de la ventana. Mientras nos íbamos con la escusa de dejarme en casa fue todo el camino cagándose en la madre que parió a los vecinos. Pleno agosto, la solana dando de lleno a la casa, la ventana del salón abierta de par en par y los vecinos tardaron una semana en avisar a la policía cuando a la muerta se la veía a nada que te asomases. Pensaba que mi madre estaba enfada por el olor, del que no paraba de quejarse tampoco, pero lo que más la cabreó es que la cueva de Alí Babá estaba vacía. Tanto presumía de riquezas la tía, que los vecinos se cobraron la chulería de muchos años llevándose hasta el papel de las paredes y dejando que se pudriera.

Mi abuela, entre maldiciones en gallego y tacos en castellano, decía cosas como que quien siembra recoge, a todo cerdo le llega su San Martín, todo se paga en esta vida, y si eres una miserable mueres como una miserable.

De las riquezas de la Tía de Piamonte sólo heredamos el canario, que a mi me hizo mucha ilusión y al gato más, junto con las sabias palabras de mi abuela. Que por cierto, no se tragó lo de la muerte natural y empezó a sospechar de todos los vecinos como culpables de asesinato, que además los muy cabrones habían vaciado la casa. A lo que mi madre le respondió “ay, mamá, siempre te pones en lo peor”.

Pero mi abuela tenía razón en ponerse en lo peor, sobre todo cuando dijo “no dejes que la niña vea a la tiesa que luego la tengo que aguantar yo”, mi madre se lo tomó como que tendría pesadillas o me iba a asustar. No, los días siguientes no dejé de perseguir a mi abuela toda ilusionada contándola lo que vi por la ventana, preguntándola por qué los pies eran verdes, porqué olía a caca de gato. Y lo peor, no me dejaron ir al funeral porque le dije a mi abuela si podía sacarla del ataúd para jugar. Me pasé varios días enfurruñada por la negativa de mi abuela. Cuando daba un NO rotundo lo daba.

Se me va la Pinza

Angelika BC.

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